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Dejando de lado la informática

Hace tiempo alguien me regaló (algo que he seguido haciendo) un buen libro: Cuentos para pensar, de Jorge Bucay.
Se trata de un libro que recopila (como su título indica) una serie de cuentos que invitan a la reflexión y permiten que cada una saque sus propias conclusiones/valores o las adapte a su situación actual.
De ahí me he animado a leer “Déjame que te cuente” y “Cuenta conmigo”, obras en las que el autor, psicoterapeuta gestáltico lleva las sesiones de su paciente Demián, al que plantea cuentos como terapia….. one moment, ¿psico qué? Un par de apuntes antes de seguir.

La psicoterapia gestalt es un tipo de psicoterapia, dentro de la corriente de la psicología humanista, que se centra más en el aquí y ahora, teniendo en cuenta la historia pasada de la persona pero sin ahondar en ella. Jorge Bucay es un psicoterapeuta argentino que actualmente se dedica a escribir libros (ha generado polémica uno de sus libros, por incluir texto de otra obra sin mención previa) y a dirigir la revista Mente Sana.
Aunque los libros de Jorge Bucay están catalogados como libros de “autoayuda”, creo que los que he mencionado en particular rompen con el “modelo” de libro de autoayuda, que muchas veces peca de engañifa basada en obviedades con las que curiosamente uno se siente identificado cuando las lee, pero que, una vez terminado el libro, si te he leeido ni me acuerdo.
En este caso pienso que los cuentos que nos invita a leer Bucay nos permiten reflexionar y sí, muchas veces nos hacen darnos cuenta de obviedades y cosas que ya sabemos, pero también son cosas que en realidad no paramos a cuestionar porque las llevamos realmente interiorizadas.
(Me viene que ni pintado el cuento “El elefante encadenado”)

Los cuentos ayudan a dormir a los niños y despiertan a los adultos.

Pero en esta entrada, quería compartir un fragmento del libro Déjame que te cuente , y en concreto un cuento que me ha llamado mucho la atención:

El leñador tenaz 

– No sé que pasa, Gordo. En la facultad no me va como a mi me gustaría.
¿Qué quiere decir eso?
– Que mi rendimiento va bajando “sin prisa pero sin pausa” desde que empezó el año. Mis calificaciones son siempre sietes y ochos, a veces algún nueve. Pero en los últimos exámenes, no he podido pasar de un seis.  No sé, no rindo, no me puedo concentrar, no tengo ganas.

– Bueno Demián, también tienes que tener en cuenta que estamos a finales de año. Quizá necesites un descanso.

– Pienso tomarme un descanso, pero todavía faltan dos meses para fin de año, y antes de eso es imposible. No puedo parar para tomarme unas vacaciones.

– A veces me parece que la civilización ha conseguido volvernos locos a todos. Domirmos de doce a ocho, comemos de doce a una, cenamos de nueve a diez…. En realidad, nuestras actividades las decide el reloj, no nuetras ganas. A mí me parece que para algunas cosas es imprescindible cierto grado de orden, pero para otras es absolutamente incomprensible obedecer el orden preestablecido.

– Como quieras, pero yo ahora no puedo parar.
– Pero siguiendo, me dices que tu rendimiento disminuye.

– ¡Debe de haber otra forma!

Había una vez un leñador que se presentó a trabajar en una maderera. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún, así que el leñador se propuso hacer un buen papel.
El primer día se presentó al capataz, que le dio un hacha y le asignó una zona del bosque.
El hombre, entusiasmado, salió al bosque a talar. En un solo día cortó dieciocho árboles.

– Te felicito- le dijo el capataz. Sigue así.

Animado por las palabras del capataz, el leñador se decidió mejorar su propio trabajo al día siguiente. Así que esa noche se acostó bien temprano. A la mañana siguiente, se levantó antes que nadie y se fue al bosque. A pesar de todo su empeño, no consiguió cortar más de quince árboles.

– Debo de estar cansado- pensó. Y decidió acostarse con la puesta de sol.

Al amanecer, se levantó decidido a batir su marca de dieciocho árboles. Sin embargo, ese día no llegó ni a la mitad. Al día siguiente fueron siete, luego cinco, y el último día estuvo toda la tarde tratando de talar su segundo árbol.

Inquieto por lo que diría el capataz, el leñador fue a contarle lo que estaba pasando y a jurarle y perjurarle quese estaba esforzando hasta los límites del desfallecimiento.
El capataz le preguntó:
– ¿Cuándo afilaste tu hacha por última vez?
– ¿Afilar? No he tenido tiempo de afilar: he estado demasiado ocupado talando árboles.

– ¿De qué sirve, Demián, empezar con un enorme esfuerzo que pronto se volverá insuficiente?
Cuando me esfuerzo, el tiempo de recuperación nunca es suficiente para optimizar mi rendimiento. Descansar, cambiar de ocupación, hacer otras cosas, es muchas veces una manera de afilar nuestras herramientas. Seguir haciendo algo a la fuerza, en cambio, es un vano intento de reemplazar con voluntad la incapacidad de un individuo en un momento determinado.

Y es que, es imprescindible (y a veces resulta realmente difícil) saber parar y desconectar para retomar las cosas con ganas, energía y motivación; valorando así los resultados desde otra perspectiva.

Feliz descanso! 😉

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